Derechos para la explotada mientras dure su explotación.

Algo que hay que reconocer al Sindicato OTRAS ha sido la capacidad de llamar la atención sobre la prostitución y la situación de las personas que sobreviven mediante la misma. Como sindicato a mí me parece que ya ha logrado más que algunas secciones y comités, poniendo su conflicto en la agenda pública.

Se dice, contra la debatidísima organización, que no tiene sentido tomar la forma de sindicato al no haber un patrón, pero todas las explotadas tenemos patrón. Que hagan una asociación, se dice también. Como el taxi, como los repartidores a domicilio. Los primeros tienen precios regulados por las administraciones públicas y los segundos salarios de miseria y explotación. Se dice también que detrás de ella están los puteros y que el objetivo es establecer un mercado legal para la prostitución. Con el modelo de país que se está aplicando, no me parecería extraño. Sería el primer sector con un sindicato amarillo, en cualquier caso. La cuestión no es si tienen que tener este sindicato, sino si deben poder tener uno.

Una de las cosas que creo hemos aprendido en el movimiento feminista en los últimos años ha sido a usar las herramientas institucionales de un modo distinto. La huelga del 8M se convocó en primer lugar desde una comisión no sindical sin capacidad legal para hacerlo. Se llamó a la huelga a mujeres que no tienen derecho a ella por dedicarse al cuidado de sus seres queridos. Las Kellys prefirieron defenderse desde una asociación cuando pueden sindicarse. También encontramos ejemplos en otras luchas, como los sindicatos de inquilinas y de manteros. Si las trabajadoras sin salario de este país decidieran que la mejor forma de luchar por la redistribución social de su trabajo de cuidados es desde un sindicato, no encuentro motivos para no llevarlo adelante.

Pero lo cierto es que no estamos debatiendo sobre si deben defender sus derechos desde un sindicato, sino sobre qué derechos deben tener. A partir de ahí en el movimiento feminista tenemos dos opciones: continuar con el histórico y estéril en mi opinión debate sobre si el sexo puede ser un trabajo, entre regular y abolir, acusándonos unas a otras de serviles con el capitalismo o de puritanas conservadoras; o dar un paso atrás, revisar distintos modelos aplicados en el mundo y buscar consensos desde la cabeza sin argumentar desde las tripas. Varios estados han intentado regular esta actividad sin conseguir grandes mejoras en la situación de las prostitutas ni reducción de las mafias y los chulos. Otros la prohíben, sancionando a las prostitutas o sólo al cliente y tampoco han conseguido terminar con la trata ni con el mercado del sexo. Ningún modelo parece perfecto y aún está por inventarse uno mejor. Lo cierto es que, nos pongamos la etiqueta que nos pongamos en esta dicotomía que no interesa a nadie, ninguna feminista quiere que se persiga a las prostitutas ni que ninguna mujer se tenga que prostituir para poder tener suficiente dinero para su supervivencia y la de su familia. Quien se considera o es considerada como abolicionista no está de acuerdo con la criminalización de las prostitutas, mientras que quienes no tenemos demasiados problemas para aceptar la etiqueta de regulacionistas creemos que la prostitución no tendría lugar en un mundo sin patriarcado. Por tanto, siempre estamos hablando desde un cierto grado de lo que viene a denominarse “regulacionismo” y desde un cierto deseo de “abolicionismo”, por lo que pensar el debate en estos términos es caer en la trampa que nos plantean los medios burgueses.

Este texto intenta, antes de bucear en esos modelos, encontrar los puntos de acuerdo de los que podemos partir. Mi única pretensión al escribirlo es huir en medida de lo posible de los argumentos morales. Nunca vamos a alcanzar consensos desde ahí. La moral es para las personas con la barriga llena. No importa si consideramos que es emancipador poder comerciar con nuestro sexo – o incluso poder comerciar con nuestra mano de obra – o por el contrario nos somete y lesiona nuestra dignidad; si creemos que hay mujeres que toman esa opción libremente o si creemos que nadie que necesite trabajar para vivir es libre en este mundo.

Yo he conocido a muy pocas prostitutas. Las pocas con las que he hablado eran migrantes y me decían que podían fregar suelos, que de hecho habían tenido este trabajo, pero no les llegaba para mandar dinero a su familia. Obviamente esto no es libertad, pero no somos mucho más libres los demás cuando podemos elegir, entre opciones limitadísimas, quién nos explota. He conocido a bastantes más trabajadoras de limpieza y cuidados, y a ninguna le hace feliz quitar la mierda de otros o bañar al abuelo de otra. También he conocido a muchas mujeres que se dedican a los cuidados gratuitos sin que nunca nadie les agradezca nada, en un matrimonio en el que se asume que ese es su papel porque el hombre se encarga de suministrar dinero. Pero nadie se preocupa por desmontar el mito de la chacha feliz, ni del minero feliz, ni de la azafata feliz, ni de la esposa feliz. La felicidad de los trabajadores no preocupa a nadie hasta que llegamos a este debate. Con esto no trato de defender ninguna postura, sólo de señalar el debate entorno de la libertad de elección y la felicidad como estéril para el problema práctico que nos ocupa.

Estamos de acuerdo, pienso, en que en la prostitución lo que se paga es el sometimiento de una parte a los deseos de la otra. Estamos de acuerdo en que ninguna persona se ofrecería como prostituta si tuviese mejores opciones para garantizar su existencia material, si el mercado laboral tuviese para ellas alternativas dignas. Pero no las tiene, sólo tiene cada vez más precariedad para cada vez más trabajadores. Estamos de acuerdo en que la demanda de prostitución nace de la incapacidad de alguien para relacionarse con otra persona en clave de igualdad, respeto y libertad. Estamos de acuerdo en que en una sociedad en la que existiese igualdad de género y una libertad sexual real, una sociedad de hombres y mujeres, o una sociedad sin géneros – qué bello sería -, de personas educadas en igualdad en las relaciones, no sería un problema el intercambio de sexo por otra cosa. Unas podemos pensar que esto es denigrante para la mujer y otras que no es muy distinto del matrimonio, o del trabajo asalariado; unas podemos creer que prostituirse es vender el propio cuerpo y otras que sólo el tiempo; pero lo cierto es que detenernos en ese debate no resuelve nada a nadie.

Estamos de acuerdo en que todo ser humano tiene derecho a ser protegido contra la trata. Hay que acabar con todo el tráfico de personas, estamos de acuerdo. Aquí se presenta un disenso importante, cuando algunas argumentamos que atacar la trata desde la persecución al cliente de prostitución – que no digo que no haya que hacerlo – en lugar de abordarla como un problema en sí misma puede llevarnos obviar a todas esas personas, también de clase trabajadora, que son tratadas para forzarlas a trabajar, a mendigar, vender sus órganos u otros motivos. Según la OIT, 21 millones de personas son víctimas de trata al año en el mundo. De acuerdo con el último Informe Mundial sobre la Trata de Personas de Naciones Unidas (que se puede consultar en inglés aquí), publicado en 2016, mujeres y niñas son las principales víctimas de trata: el 71% de las personas tratadas en el mundo. Según este mismo informe, sólo el 6,8% del tráfico de personas en el mundo se realiza con fines de explotación sexual, de las cuales es cierto que el 96% son mujeres. Defender una regulación u otra sobre la prostitución con el argumento de acabar con la trata es ignorar, por ejemplo, al 85,7% de trabajadores forzados para los que no tenemos ninguna propuesta. Plantear un plan integral contra la trata y dotarlo de medios suficientes podría servir para resolver esta cuestión de forma paralela al debate sobre derechos laborales.

Como señalaba en los primeros párrafos, creo que hay también un consenso en que las prostitutas no pueden ser privadas de derechos, la cuestión es qué derechos. Debería haberlo también en que, mientras mejoramos la educación en igualdad, detenemos a los chulos, desmantelamos los pisos, reconvertimos la economía para poder ofrecer trabajo digno a todas las personas, acabamos con la trata, y conseguimos todos esos cambios tan profundos que necesitan las trabajadoras del sexo y los trabajadores y trabajadoras en general y que tanto tiempo nos van a tomar, estas mujeres deben tener los máximos derechos que como sociedad seamos capaz de darles. Emma Goldman, que trabajó durante bastante tiempo con prostitutas, sostenía que, respecto a la total extirpación de la prostitución, nada, ningún método podrá llevar a cabo esa magna empresa, sino la más completa y radical transmutación de valores, junto con la abolición de la esclavitud industrial, su causa causarum. Para llegar a una sociedad en la que ninguna persona tenga que prostituirse – y, ojalá, ninguna persona quiera someter a otra a prostitución – debemos extirpar de ella el patriarcado y el capitalismo mismos. Luchamos contra siglos de opresión y explotación. Es una lucha larga y los problemas de estas mujeres son urgentes. La pregunta es qué ofrecemos a nuestras hermanas mientras tanto, qué razones les damos para sumarse a nuestra revolución.

Por mi experiencia, en debates en mi entorno o artículos de personas que saben bastante más que yo, observo que cuando se logra alcanzar y reconocer este consenso y comenzar a hablar de derechos parecidos a los que tenemos los trabajadores y trabajadoras, quienes han criticado la creación del sindicato suelen argumentar que deben tener derechos, pero no son trabajadoras. Que cuentan con otras figuras para lograr ciertos derechos.

Me parece honesto señalar llegado este punto que, desde mi posición ideológica, entiendo este argumento como una cierta sacralización del empleo que no comparto. Que si la prostitución es la explotación de la mujer por el hombre, el trabajo asalariado es la explotación de la persona por la persona, o del hombre por el hombre, en su versión más tradicional. Considero que la abolición del trabajo asalariado sería la verdadera liberación de la clase trabajadora, pero soy consciente de que esto no es realizable a corto plazo y de que no hay una mayoría social de acuerdo con mis ideas, por lo que concentro mi capacidad de acción y reflexión en los asuntos prácticos que pueden mejorar la vida de mis iguales.

Darse de alta de autónomas como masajistas es un ejemplo recurrente de lo que pueden hacer estas trabajadoras para conseguir ciertos derechos. Otra vez como los taxistas y los repartidores. Poco hablamos del daño que el abuso de la figura del autónomo está haciendo en la transformación del mercado laboral y la pérdida de derechos de todos los trabajadores y trabajadoras que llevamos viviendo unos años. No veo cómo el régimen de autónomos elimina la inseguridad, la figura del chulo, la violencia. Pero se me ocurre que inspecciones de trabajo y sanidad podrían serles útiles. Reconocerlas como autónomas por cierto, se acerca bastante a reconocer que prestan un servicio; cobrarles impuestos es asumir que realizan un trabajo. Por lo demás, ni derecho a paro, jubilación, bajas por enfermedad, permisos por embarazo o cuidados, jornadas máximas, vacaciones ni por supuesto salario digno. Es lo que tienes cuando no tienes contrato ni convenio.

 

 

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Derechos para la explotada mientras dure su explotación.

Maldición

Ojalá vivas tiempos interesantes, decía la maldición. Ojalá observes la decadencia de tu propia civilización. Ojalá aprendas cómo muere matando. Ojalá te arrebaten tanto que acabes peleando con tu vecino, o con tu hermano. Ojalá censuren tu cultura mientras la usan para decorar escaparates. Ojalá todo tu sistema de valores se desmorone ante el llanto de un niño. Ojalá te creas mejor que el de al lado mientras habláis de igualdad. Ojalá mires hacia otro lado mientras dejas morir a tantos. Ojalá llegues a comprender el ascenso del fascismo, sutil y silencioso, que siembra el odio y lo riega con nuestro miedo, poco a poco, hasta que la humanidad se sacrifica por la ilusión de seguridad. Ojalá tus nietos te pregunten qué hiciste para pararlo.

Ojalá te mantengas siempre joven, ojalá pase algo que nos borre de pronto.

Maldición

Huelga contarla, hay que vivirla

Mi madre, que tuvo que dejar de trabajar como peluquera cuando se casó para mudarse al pueblo donde mi padre tenía un trabajo mejor pagado y más estable, y no volvió a tener un empleo hasta que mi hermano y yo cumplimos unos cuantos años, solía decir que si el gobierno tuviera que poner un sueldo a todas las amas de casa que trabajan gratis se caía el país, igual que si todas ellas decidían no hacer “sus labores” durante unos días. Mi madre terminó de estudiar con 12 años y nunca se ha llamado a si misma feminista ni ha leído a Nancy Fraser ni a ninguna otra de esas autoras a las que citamos las feministas cuando nos queremos poner pedantes, pero tiene lo fundamental para una lucha como la que acabamos de plantear nosotras: la experiencia de ser una mujer de clase trabajadora.

Este ocho de marzo dormí apenas a intervalos. Reconozco que estaba nerviosa porque no quería quedarme dormida cuando sonara el despertador. Salí de mi casa a las 7.30 de la mañana para realizar un piquete informativo entorno a los transportes públicos de Plaza de Castilla que habíamos organizado desde la asamblea del 8M de mi barrio. Empezaba así, y empezaba mal, uno de los días más largos, intensos y emocionantes que he vivido. Digo empezaba mal porque con mi natural torpeza motora lo primero que hice una vez pisada la plaza fue caerme al suelo de un resbalón como sólo lo has visto en algunos dibujos animados. En serio, sólo me faltó la cáscara de plátano. Me hubiera reído hasta yo de no ser por el intenso dolor en el ala izquierda de mis posaderas que no remitió en todo el día y que aún hoy, dos días después, me acompaña en mis reflexiones.

Pero gracias a que en un primer momento no fui capaz de levantarme sola sobre el suelo mojado conocí a Alba, la primera buena noticia del día. Alba lleva los labios pintados en un violeta que contrasta con la gris mañana, parece bastante joven, no le echo más de 22, no milita en ningún sitio ni tiene amigas feministas con las que acudir a ninguna convocatoria. Y sin embargo, ha madrugado esta mañana para acudir ella sola a una convocatoria de piquete que había visto en redes sociales. Díganme si no les da ganas de abrazarla.

Alba me levanta del suelo y al ver mi abrigo morado y mi lazo en la cabeza me pregunta si vengo al piquete. Según asiento, reconozco una alegría en su cara que me es familiar: la de quien ya sabe que no esta sola.

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Huelga contarla, hay que vivirla

Que alguien mate a Mr.Wonderful

Eres una afortunada, de esas que no pueden quejarse. Hace diez años serías una mileurista de mierda, pero hoy eres una privilegiada con contrato indefinido. Miras una pantalla desde las nueve hasta que se va el jefe y nunca has pensado que tengas nada por lo que luchar.

No te ofendas, no pretendo juzgarte. Yo también compro agendas caras con frases de todo a cien.

Como la tuya, también da pena mi cara de lunes, como un pueblo sin niños, y la de martes, y muchas semanas no sonrío hasta el jueves.

Como tú, también me deprimo cuando los días se acortan y cambian la hora, y cuando llegas a casa ya es de noche y el día se te fue haciendo dinero para otra persona. Pero también cuando la vuelven a atrasar y aún así no te da tiempo a cumplir ningún sueño.

Como tú, hace tiempo que no me relajo y miro. Nunca has visto el color de los pájaros justo cuando acaba de llover, ni la media sonrisa de una anciana sentada en un parque imaginando que es joven de nuevo.

Y no es que no tengamos experiencias, pero compradas en cajitas, porque sólo con dinero, la vida es bella.

Que alguien mate a Mr.Wonderful

Cómo conjugar la igualdad y la diversidad

Publicado en el número 133 de la Revista Éxodo:

http://www.exodo.org/como-conjugar-la-igualdad-y-la-diversidad/

“La igualdad puede ser un derecho, pero no hay poder sobre la tierra que pueda transformarlo en un hecho.”

Honoré de Balzac

La igualdad debe pasar a ser la manera de ser del sistema, en lugar de la coletilla en los textos políticos – desde la Constitución y otras leyes a los programas electorales de los partidos del llamado cambio – en la que se ha quedado hasta ahora; y la diversidad debe abrazarse como una riqueza, fomentándose el debate político entre diferentes y el intercambio cultural, no acercándose a ella como un problema. Ya lo dijo Bakunin, la uniformidad es la muerte; la diversidad es la vida.

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Cómo conjugar la igualdad y la diversidad

La Revolución de los Títeres

Cualquier parecido con la realidad es pura apología del terrorismo.

Érase una vez una plaza de un barrio de Madrid cuyo nombre no señalaré. Y no lo haré porque mis abuelos, que me contaron esta historia, parecían estar muy seguros de dónde empezaba; pero yo, como cuentista rigurosa que soy, he investigado antes de ponerme a escribir y he encontrado documentos audiovisuales de la época en los que autoridades e intelectuales discrepan a voces sobre cuál fue esta plaza. Debía ser un tema, el de la localización, muy importante en la época. Por cierto que los intelectuales de aquellos años eran de una talla extraordinaria. Sabían de todo, pues cada día eran capaces de plantarse delante de todo un país a ofrecer su juicio sobre cualquier hecho de actualidad: desde accidentes de trenes hasta relaciones internacionales pasando por el cambio climático y la ciclogénesis explosiva.

Pero no me permitáis que me disperse. Por suerte, las dimensiones que alcanzó esta cadena de sucesos quitaron toda la importancia al lugar exacto en el que se desencadenó.

Cuentan que en la plaza en cuestión, fuera la que fuera, unos hombres de mal vivir decidieron celebrar el carnaval honrando su sentido más tradicional: burlando a la autoridad y removiendo las convenciones sociales asumidas por su escaso público a través de un teatrillo con títeres.

Cuentan que casi nadie entre aquel público entendió la broma, por lo que un par de entre ellos, acomplejados sin duda por la evidencia de su falta de inteligencia a la hora de entender el humor, resolvieron en llamar a la policía, que para eso está: para proteger, servir y castigar a quienes hagan sentir inferiores o diferentes a los ciudadanos de bien. Tremendo espectáculo – ríete tú de los artistas de los títeres – debieron montar al teléfono, que los policías, asustados, acudieron a la escena del tumulto sin escatimar en precauciones: dos lecheras bien cargadas, cascos, escudos, armaduras, sirenas encendidas, porras en mano y pidiendo refuerzos por radio, que cuando uno, por profesional que sea, se enfrenta a los antisistema nunca se sabe.

Cuentan también, y hay papeles que lo demuestran, que un tribunal lleno de juristas de bien y muy trabajadores – de haber caído en otro, no se habría resuelto tan velozmente un caso en fin de semana – decidió que la obra en cuestión era demasiado subversiva para que esos despiadados titiriteros continuasen en la calle. El país no podía correr el riesgo de que los peligrosos artistas volviesen a subir el telón y a hacer pensar a los ciudadanos a través de sus monigotes de tubo de papel higiénico y trapo. Prisión indefinida, que se definió a los cinco días previa retirada del pasaporte para proteger a los países vecinos de tan grotesca representación y bajo obligación de ir a confesar diariamente a partir de entonces. Pero no era suficiente. Había que detenerles a ellos y a cualquier compinche que pudieran tener, por el bien de la paz social. En una actuación coordinada entre las autoridades y los medios de comunicación nunca antes vista, se investigó cada detalle de cada persona que hubiese podido tener relación con este hecho, bajo la perspectiva de que un atentado tan grave como aquel sólo podía perpetrarse de manera organizada: programadores, cargos políticos, vecinas… Tras la detención de los titiriteros, sucedió el despido fulminante – o dimisión, aquí vuelve a haber conflicto entre mis abuelos y los documentos de la época – de las personas que les habían contratado para animar una tarde de carnaval. Incluso se publicaron sus fotos, nombres y apellidos para que cualquier empresario decente e inocente estuviese prevenido antes de dar un empleo a tan dañinas personas.

Ya bien entrada la cuaresma, con los titiriteros en libertad vigilada y sus compinches incapacitados para la vida pública, la gente se olvidó un poco del asunto: los juicios a otros peligrosos agitadores y a inocentes servidores públicos que habían cometido el error de dejarse tentar por el dinero pronto ocuparon, más los primeros que los segundos, las páginas de la prensa y los minutos del telediario. La banda de los titiriteros y su programador cultural tuvieron que dedicarse al único trabajo que les quisieron dar, y que además les permitía resarcirse dando un servicio a la comunidad limpiando las calles de cartones y chatarra.

Parecía que una cierta tranquilidad reinaba de Tarifa a Fisterra. Se atisbaba incluso la esperanza de que, con la semana santa, la afamada piedad cristiana inundase los corazones que dirigían el país y se decidiese dejar definitivamente libres y sin cargos a los titiriteros, de cuya inocencia ya nadie dudaba. Pero una mañana muy temprano, antes de que ningún trabajador hubiera llegado, explotó la oficina del diario La Razón.

– Un trabajo finísimo, sin víctimas, ni testigos, ni pruebas, oiga – temblaba la voz de un pez gordo de la policía al teléfono.

– No es posible, ¿¡cómo no va a haberlo visto nadie!? – le gritaba el ministro. – Es imposible que nadie lo viese, tendrían que haber estudiado muy bien las rutinas alrededor del edificio… conocer muy bien el entorno. Acabo de recibir las fotos del escenario del crimen por email. Qué destrozo, cómo estará el pobre Paco. También les han destrozado las rotativas, con lo importante que era la portada de mañana… ¡Un momento!¿Qué hay en esta foto, la número seis?

– Verá, señor ministro, parece ser la firma de los criminales. No hemos encontrado ninguna huella dactilar ni restos de ADN y los materiales son reciclados, marcas blancas, podrían estar en cualquier hogar español.

– Pero son…

– Sí, señor, son unos… títeres. Bastante cutres hay que decir. Sujetan una pancarta, ¿se lee bien? “Vamos a por vosotros, marionetas del poder. No dejaremos títere con cabeza.”

– ¿Títeres?¿TÍTERES? ¡Pues ya tiene a sus dos principales sospechosos, maldito inútil!

– Pero señor, la opinión pública, todo el mundo piensa que los titiriteros son inocentes, hasta dicen que fueron presos políticos, la gente se nos echará encima.

– Déjeme a mí las ruedas de prensa, lo suyo sólo son las detenciones.

¡Qué desconcierto! ¡Qué alboroto! No se recordaba en la capital un día igual desde que la guardia civil intentara tomar el congreso de los diputados. ¡Qué digo, ni siquiera! No se recordaba un día igual desde que un almirante realizara el primer vuelo de altura en coche utilitario. De poco sirvió el discurso del ministro. En cuanto se conoció la nueva detención de los titiriteros, la gente se echó a la calle: se trataba de mucho más que unos artistas callejeros, la gente sabía que era la libertad de todas las personas la que estaba en juego. Además, se notaba un apoyo creciente a la acción en los principales barómetros de opinión de la época: las barras de los bares.

– Pues claro que sí, hombre, ¡claro que sí! – gritaba un parroquiano a la reportera enviada a lugar de los hechos. – Eso deberíamos hacer con todos los sinvergüenzas estos de los medios, que no puedan sacar más periódicos mintiendo sobre la gente inocente – el resto de clientes asentían.

– Pero, Jose, ¿no eras tú quien decía que la violencia no es la solución? Que si la nueva política era la mejor vía o no sé qué decías el otro día.

– Bueno, eso era ayer, otros días dice que son todos iguales, que no hay salida…

– Que no, jefe, que no. Que ayer en la manifestación cogieron al pequeño, a mi Javi. Todavía no sabemos dónde lo tienen, ni cuándo lo sueltan, nada más que lo que nos ha dicho la novia por teléfono: que le dieron hostias por un tubo y lo metieron a un furgón. Ellos usan la violencia y mi hijo se jode, ¿ese es el plan? Pues si ellos usan la violencia, nosotros tendremos derecho a defendernos digo yo, a defender a nuestras familias, joder.

– No llores Jose, si tienes razón. Si me pasase a mi no dudes que esta noche volaba El Mundo, El País y ¡hasta la jefatura de la policía! Ven, que te invito a una manzanilla con un chorrito de anís, verás que bien.

– Cincuenta detenidos ayer, todos relacionados con grupúsculos terroristas, ¡cuánta gentuza hay por ahí! – exclama un nuevo cliente arrojando un periódico sobre la barra.

– ¡Ecologista, joder, mi hijo es ecologista y sindicalista, no terrorista!

 

Casualidades de la vida, los titiriteros tenían coartada demostrable para aquel día. Se buscó a cualquier persona que pudiese tener relación con ellos: concejalas, programadores culturales, familiares y hasta vecinos y antiguos compañeros de colegio de todos ellos. Se hicieron detenciones a montones en cada manifestación en solidaridad con éstos. Y aunque todo el mundo podía demostrar estar haciendo otra cosa aquel día, se les mantuvo encerrados 48 horas por el bien de la seguridad nacional.

– ¿Cuál es vuestro plan? – era la pregunta más repetida en los frecuentes interrogatorios.

– No tengo plan, como le he dicho a sus diez compañeros que me han preguntado lo mismo en los dos días que me han tenido aquí. Y no sé a quién se refiere con “vuestro”, yo sólo acudí a una manifestación contra las detenciones injustas como estas.

– No te hagas la lista, esto es un procedimiento estándar. Tenemos que hacer nuestro trabajo para librar a la sociedad de la gentuza como vosotros – el teléfono interrumpió la acusación. – No puede ser, joder, no puede ser, ¡si les tenemos a todos detenidos! – gritó al aparato. – Salimos hacia allá en medio minuto.

 

– Sí, señor ministro, otra vez, señor ministro. Bueno, tres veces. El Mundo, Mediaset y un garaje de la policía. Hemos perdido 50 furgonas… Sí, señor ministro, otra vez ninguna víctima ni testigo, bueno, tres veces. Sí, también han dejado los títeres con la pancarta. No parecen fabricados por las mismas manos, no son personajes similares ni están hechos con los mismos materiales, no hay un patrón, salvo que no hay huellas, y el texto. No dejaremos títere con cabeza. Sí, yo también creo que es extraño que los empleados de seguridad de los tres edificios no estuvieran. Cada uno tiene su excusa, pero no parece que mientan.

– Enciérrelos también, que a usted le engaña cualquiera.

– Pero habrá más manifestaciones.

– Más manifestaciones son más detenidos. Si no podemos destapar la organización al menos la paralizaremos encerrando a todos sus efectivos.

– Pero no tenemos ninguna pista de la organización, ¡tendría que encarcelar a todo el país!

– Haga lo que le digo, o le encerraré a usted por cooperar con organización terrorista.

 

<<Fue la época más confusa que recuerdo – contaba mi abuela – y a la vez, la de más certezas. Estaba claro: para crear un mundo nuevo teníamos que acabar con las estructuras del viejo. Era el único modo de impedir que se perpetuara, y así sucedió. Cada día alguien despojaba de un arma al poder. Se incendiaron las redacciones y las imprentas de todos los medios de comunicación que servían a los intereses de las empresas y no de las personas, hasta que no quedaron medios desde los que el poder pudiese inculcarnos su propaganda, ni periodistas dispuestos a trabajar con ellos. Apenas algún diario digital se salvó. Algunas las quemaron, otras las hicieron explotar con bombas caseras de diversa fabricación. Todas las acciones tenían en común dos cosas: la firma de los títeres con la pancarta de “No dejaremos títere con cabeza” y el hecho de que nunca hubo víctimas, pero más allá de eso, nada. La policía y los políticos estaban totalmente descolocados. Un trabajo así sólo podía realizarse desde un grupo terrorista organizado, pero no había ninguna prueba que respaldase su conjetura.>>

<< No eran capaces de entender – decía mi abuelo – que ya no necesitábamos organizarnos, porque estábamos concienciadas. Todas las personas sabíamos lo que había que hacer, y cada una emprendía individualmente o con amigos las acciones que le parecían posibles y necesarias. Y las detenciones no nos amedrentaban. >>

 

Después de los medios, el objetivo fue la propia policía. En pocos días, todos los garajes donde se guardaban coches patrulla y los almacenes de material antidisturbios quedaron reducidos a hierro y ceniza. Luego las oficinas y sucursales de los bancos, las cajas fuertes y las fábricas de moneda; las grandes superficies y las tiendas de los empresarios ricos, siempre en momentos sin riesgo de víctimas y siempre con unos títeres sobre los que no había huellas dactilares. Habiendo acabado con los depósitos y la capacidad de fabricar dinero, la mayoría de las personas dejaron sus trabajos y comenzaron a realizar intercambios entre vecinos, a cultivar su propia comida, producir electricidad, tejer su ropa o a fabricar los utensilios que necesitaban. Nada era tan bonito y fastuoso como en los escaparates o los anuncios que antes invitaban al consumo, pero al menos no se necesitaba dinero para sobrevivir.

 

– No tenemos ropa para la pequeña.

– Tráete una maleta a mi casa, que tengo mucha que ya no le sirve a la mía. Y de paso te llevas jabones y conservas, que hemos hecho de sobra.

<<Así de sencillo. Cualquier necesidad de una persona, se comentaba en una plaza – aseguraban mis abuelos – y entre todas, dábamos lo que podíamos o buscábamos una solución. El apoyo mutuo había sustituido en poco tiempo a la caridad del gobierno de turno. Ya nadie les necesitaba, ni les creía, salvo quienes querían conservar algún privilegio. En las ciudades todos los días se veía el humo de varios incendios o se escuchaba alguna explosión, pero no sentíamos miedo; sentíamos alegría cuando recibíamos, porque siempre se conseguía hacerla circular, la fotografía de los títeres encima del destrozo. Cada persona hacía lo que podía: si te desahuciaban de tu casa, los vecinos del edificio la quemaban para que el banco no pudiese sacar beneficio; si te encontrabas de noche un coche policía aparcado en la calle, también lo hacías arder; si el ejército – que pasó meses sin abandonar las calles – trataba de detener a alguien, le defendíamos entre todos; si tu empresa te explotaba a ti y a tus compañeros, o hacía un despido masivo, entrabas por la noche y destrozabas las máquinas de trabajo. Hasta los niños, en los colegios, rompían los libros de los profesores que, en lugar de animarles a pensar y descubrir, se limitaban a recitarles la lección. Pero el gobierno seguía buscando a una peligrosa organización que usaba hasta a las inocentes criaturas para sus fines de desorden. Nadie quería dejar títere con cabeza.>>

 

Nadie sabe cómo pasó, pero el virus terrorista de los títeres se instaló incluso en los cuerpos más inmunizados, los de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado.

– No. Se acabó, no pienso volver a cogerle el teléfono. Desde el último guarda de prisiones hasta yo mismo, todos tenemos claro lo que queremos hacer, y no es seguir sus órdenes. Al carajo el ministro. Al carajo el jodido gobierno que ya no le sirve a nadie. ¿A quién debemos proteger? Mis órdenes son abrir las prisiones y ponernos al servicio de las asambleas vecinales.

 

El resto, es historia conocida.

 

Una vez pregunté a mis abuelos cómo participaron en todo aquello.

<<Claro que fuimos partícipes, totalmente. Todo el mundo lo fue, eso nos dio la victoria, que la sociedad entera de pronto se diese cuenta de que no éramos personas, sino marionetas y que era urgente que cortásemos nuestros hilos. Me gustaba creer que nosotros lo habíamos hecho saltar, pero todo el mundo llegó a esa idea al mismo tiempo. Si no hubiésemos destrozado ese periódico, el siguiente hubiese sido el primero, pero hubiera ocurrido igual. Era inevitable.>>

 

En la revolución de los títeres no hubo héroes.

 

Aquí les dejo esta historia, habrá quien piense que sólo es un cuento, habrá quien crea que cuento un sueño. Habrá quien piense que solo lanzo una  idea, y estos son los peligrosos: unos porque la querrán realizar y otros porque me querrán encerrar.

 

La Revolución de los Títeres

La mujer en la revolución

Gerrillera anónima en de la Revolución Cubana, fotografía de Korda.
Gerrillera anónima de la Revolución Cubana, fotografía de Korda.

La revolución que montaron los hombres fuertes
no dejará que ni el trueno liberador de los fusiles
ni el incansable grito de los pájaros en los jardines
oculten con su ruido las historias de las mujeres valientes.

Les pondrán estatuas, placas,
hasta su nombre a las plazas
y un rincón en los mausoleos
de los héroes verdaderos
y alabarán de ellas
lo que a los revolucionarios convenga.

La cariñosa, la costurera,
la filántropa, la madre,
la inteligente, la compañera
y la amante.

La que luce con orgullo
su uniforme de miliciana
pero no luce manchas
por no haber pisado ni un segundo
el frente de batalla.

Pero la que quiera ser como un hombre
o quiera hacer la guerra menos masculina
o la que no puede con la angustia y termina con su vida,
se ocultará siempre su nombre.

En las escuelas de niñas
enseñarán la vida y obras de estas heroínas
y ya de grandes, una vez que se lo crean
les pondrán espacios feministas
para hablar de sus tareas.

En los museos verán como la mujer se sumó a la batalla
aunque a alguna de sorprenderá no ver a ninguna entre las bajas.

Haydée Santamaría perdió su lugar en el museo de la revolución, puede que por decidir libremente cuando poner fin a su vida.
Haydée Santamaría perdió su lugar en el museo de la revolución, puede que por decidir libremente cuando poner fin a su vida.

Sí. Hay mujeres que hicieron la guerra. Sí, hay un relato de mujeres sobre cada guerra, pero no ha habido quien quiera escucharlo, porque no se construyó la épica, por que no se hizo la novela ni la película. Recuperemos nuestra épica femenina, nuestro lugar en la historia.

Recomendable, “La guerra no tiene rostro de mujer” de Svetlana Alexiévich (Debate), última premiada con el Nobel de Literatura.

La mujer en la revolución